
¿Por qué la pulsión es siempre pulsión de muerte?
por Julio Leguizamón, psicoanalista.
Buenos Aires, Argentina.
“La meta de la vida es la muerte” (S. Freud)
En principio habría que señalar que la pulsión de muerte es un concepto que entraña una contradicción en sí misma; un oxímoron, ya que se supone que la pulsión, en la medida en que estaría en estrecha cercanía con lo que es son los instintos, tendría un vínculo con la vida y no con la muerte.
Se trata de una aporía que se resuelve entendiendo a la pulsión de muerte como una función que puede variar diametralmente según la circunstancia de que se trate, es decir que de lo que se trata es de capturar el concepto en forma parcial.
Una dificultad que presenta el concepto de pulsión de muerte es la evocación inmediata que produce la palabra muerte, lo cual también equipara a dicha pulsión como la máxima expresión de una destrucción que no dejaría lugar a nada y acabaría con todo. Tampoco se trata de dejar de lado el aspecto destructivo de la pulsión, señalado por el mismo Freud, sino que habría que esclarecer a que se apunta, que es lo que se destruiría y que efecto provoca esa supuesta destrucción.
Es decir; que se piensa, tal vez en forma de equivoco, a la pulsión de muerte cómo el fin, cómo el aniquilamiento tendiente a no dejar nada en pie, cómo si fuera la expresión de la devastación y el reverso de la pulsión de vida, como si existieran dos grandes fuerzas en pugna luchando entre sí; la de la vida para que esta sea posible y la de la muerte para impedirla. Lo que no se puede es plantear a la pulsión de muerte sola o a la pulsión de vida sola o enfrentadas a la espera de ver cual de las dos gana, sino que ambas están en una en una constante asociación y en una inseparable vinculación, y así es como las presenta Freud; como un oxímoron; como una contradicción en sí misma.
Entonces, habría que decir que la pulsión de muerte en su trabajo efectivo, crea la posibilidad de que algo sea posible, entonces, es lo suficientemente necesaria de por sí, de esta manera se entiende como Freud llamó a ese empuje hacia la muerte, hacia lo inanimado, como pulsión. La pulsión es un esfuerzo para posibilitar algo, es decir que hace falta que algo se destruya para que algo sea posible y esto sería lo subversivo de la letra freudiana.
Sin la pulsión de muerte es difícil pensar la vida y como el psicoanálisis no es una biología; sin la pulsión de muerte es imposible que se pueda dar el goce de la vida y el goce del sentido, además de que la pulsión es siempre parcial, autoerótica y ninguna representa a la función de la reproducción.
Freud introduce, en su articulo “Mas alla del ppio del placer”(1921), a la pulsión de muerte, que se diferencia de la muerte biológica, situándola como aquello que trabaja dentro de todo ser vivo y que se afana en producir su fragmentación, su descomposición, reconduciendo la vida a un estado de materia inanimada. Sólo fragmentada, desgarrada y descompuesta en las llamadas pulsiones parciales, quedando la vida soportada, más allá del cuerpo biológico y en la cadena asociativa. Es decir que es el lenguaje lo que opera como corte que provoca a la pulsión de muerte para dar cuenta del orden de la vida.
Siguiendo a Lacan; el sujeto depende del significante, es un sujeto sujetado a sus determinaciones significantes y estos se hallan, en primera instancia, en el campo del Otro; dado que él mismo nace alienado a los significantes del Otro, esta es una falta simbólica, que nos remite a otra falta, real por cierto, relacionada con el advenimiento del ser viviente, fundado en la reproducción sexuada. Esta falta real, entonces, es lo que pierde el ser viviente por su reproducción sexuada y por ello mismo queda remitido a la propia muerte; nace, se reproduce y muere y esta parte perdida de sí mismo constituye la búsqueda, el esfuerzo pulsional y permanente del sujeto, o sea que no se busca el complemento sexual, sino eso perdido que lo lleva a la mortalidad.
La pulsión es siempre pulsión de muerte y el mito de la laminilla, como lo llamó Lacan, es el mito que encarna eso que se pierde, esa parte perdida. La libido es como un órgano y de ninguna manera es un campo de fuerzas en donde se atraen las formas macho y hembra. La libido es el órgano esencial para comprender la naturaleza de la pulsión, órgano irreal que se articula con lo real y se encarna en el cuerpo a la manera de lo que conocemos como tatuaje.
El estadio del espejo como unificación anticipada:
El estadio del espejo es un dispositivo que muestra la articulación a ese Otro esencial; donde el sujeto se encuentra confrontado a su propia imagen frente al espejo, sin medios neurológicos suficientes para reconocerse e invadido por un júbilo en pos de la construcción de un yo, de un cuerpo pulsional, de un cuerpo erógeno. El pequeño infans busca alguna cosa que falta pasando su mano entre sí mismo y su imagen y se vuelve hacia quien lo sostiene; su madre, la función materna, la lengua materna, es en la mirada y en la palabra de ese Otro que el niño se identifica con la imagen como siendo él mismo y este punto exterior es lo que fija la relación imaginaria. En la unificación que provoca el Estadio del espejo opera el significante como corte, como cizalla en el cuerpo real, vaciándolo de goce. El lenguaje mata (“la palabra mata a la cosa”); ausenta a la cosa (das ding) al representarla. El Otro materno nombra, sanciona y con ello intima al viviente a decir y a decirse, entrando en el desfiladero de la palabra, entrando en el circuito asociativo.
El sujeto en el eje simbólico, por la relación con ese Otro, fijará la relación imaginaria entre el cuerpo y su imagen. No hay relación inmediata entre el cuerpo y la imagen, el cuerpo real, el viviente, permanece escondido y lo que aparece es su imagen, lo que conoce de su cuerpo es el júbilo por el reconocimiento de su imagen, pero no lo que sucede en su propio cuerpo, el sujeto no tiene acceso directo a su cuerpo como real, como viviente y eso es lo escondido, ese organismo viviente determinado por fuerza biológicas, físicas y químicas que son totalmente ajenas al sujeto.
Las pulsiones, entonces, no están en el cuerpo ni en la imagen, están articuladas sobre el cuerpo a través de los diferentes agujeros, a través de los diferentes orificios, Lacan hace valer justamente ese objeto pequeño a, como aquello que realiza un trayecto en torno a estos agujeros, siendo en este trayecto donde se satisface la pulsión.
El símbolo muerde la sustancia viviente, la perturba, la mortifica, la ensombrece de muerte anticipada y el cuerpo real no entra en la imagen, pero si tiene una representación imaginaria para el sujeto, a partir del estadio del espejo, donde dicha representación incluirá tanto a la imagen como a lo que en ella falta.
Habrá, pues, algo del goce que no se pierde, que se recupera parcialmente en el trayecto pulsional demandado por el campo de las palabras del Otro de la lengua materna (plano simbólico) y por el campo de las imágenes del otro especular (plano imaginario), es decir que la pulsión inicia su trayecto a partir de la demanda del Otro materno, quedando así marcado, el pequeño infans, por limites y por renuncias. De aquel goce ilimitado quedarán como restos los objetos del fantasma, sustitutos que decepcionan al sujeto porque no recuperan aquello perdido. En definitiva, el cuerpo será un efecto mortificante hecho en la carne real por la palabra, lo cual lanza al sujeto al campo de las reciprocas demandas.
Fotografìa: Sudek; paisaje en Kutnahora, 1921-

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