sábado, 21 de marzo de 2009

Entrevista a Jacques Lacan, 1969.-


Texto incluido en el libro
"Conversaciones con Lévi-Strauss, Foucault y Lacan"
por Paolo Caruso. Año 1969.



Antes que nada, quisiera que me precisara el sentido de este «retorno a Freud», sobre el que usted tanto insiste.


Mi «retorno a Freud» significa simplemente que los lectores se preocupen por saber qué es lo que Freud quiere decir, y la primera condición para ello es que lo lean con seriedad. Y no basta, porque como una buena parte de la educación secundaria y superior consiste en impedir que la gente sepa leer, es necesario todo un proceso educativo que permita aprender a leer de nuevo un texto. Hay que reconocerlo, antes no se sabía hacer otra cosa, pero al menos se hacía bien; en cambio, actualmente tampoco podemos decir que sabemos hacer otras cosas, aunque estamos convencidos de ello; no basta con hablar de método experimental para saberlo practicar. Sentado esto, saber leer un texto y comprender lo que quiere decir, darse cuenta de qué «modo» está escrito (en sentido musical), en qué registro, implica muchas otras cosas, y sobre todo, penetrar en la lógica interna del texto en cuestión. Se trata de un género de crítica que no soy el único que la práctica de una manera específica ; basta abrir un libro de Lévi-Strauss para darse cuenta de ello. La mejor manera de practicar la crítica sobre textos metodológicos o sistemáticos es la de aplicar al texto en cuestión el método crítico que él mismo preconiza. Así, al aplicar la crítica freudiana a los textos de Freud, se llegan a descubrir muchas cosas.


¿Existe algún punto en el que se sienta usted alejado de Freud? Por ejemplo, al hojear su libro «Écrits», que acaba de aparecer, he visto un ensayo que se titula Más allá del principio de realidad, que es una paráfrasis del Más allá del principio del placer freudiano; esta paráfrasis, ¿tiene un matiz polémico o es solamente una declaración de fidelidad ?

No. No tiene ningún matiz polémico; ¡cuando lea el artículo podrá ver! que en él no hay nada de extra-freudiano y la paráfrasis precisamente quiere poner esto de relieve. Másallá del principio de realidad quiere decir que lo que Freud llama «principio de realidad» se ha entendido simplemente como «realidad»: todo el mundo sabe lo qué es la realidad, la realidad es la realidad… Pues bien, no es así. Fijándose mejor, cuando se lee a Freud se descubre que el «principio de realidad», formando pareja con el «principio del placer», no significa de una manera simple el principio que aconseja adaptarse, por ejemplo.


En todo caso, usted no quiere ser sólo un intérprete, un exégeta de Freud.

Si sólo lo soy o no, son los demás los que deben juzgarlo. A mí, esto me basta.

Leer su libro es una empresa muy ardua. Incluso los lectores muy preparados reconocen que algunas partes son indescifrables. ¿Cómo explica usted que su estilo resulte tan elíptico?

Es indispensable destacar que en las líneas que abren mi colección de escritos, empiezo por hablar de estilo, utilizando el slogan de «el estilo es el hombre». Es evidente que no puedo contentarme con esta fórmula, que se ha convertido en un lugar común apenas ha sido inventada. Referida a un determinado contexto de Buffon adquiere un sentido distinto. En aquel breve texto preliminar ya doy una indicación elíptica de lo que quiere decir «función del estilo jádico», estilo que precisa de la relación de toda estructuración del sujeto en torno a determinado objeto, que después es loque se pierde subjetivamente en la operación, por el hecho mismo de la aparición del significante. A este objeto que se pierde lo llamo objeto en minúscula y en la praxis analítica interviene estructuralmente de una manera avasallante, porque un analista no puede dejar de dar una importancia «primaria» a lo que se llama la relación de objeto. Para dar una ilustración a quienes no hubieren oído hablar nunca de esto, podemos referirnos a un «objeto», el seno materno, que todo el mundo conoce, al menos vagamente, por su sentido, por lo que tiene de mórbido la misma utilización de la palabra «seno»; el seno hinchado, turgente, lleno de leche, al constituir un signo fantasmático, se valoriza más o menos eróticamente; y en cambio, por otra parte, esta valorización erótica del seno resulta bastante misteriosa, puesto que no se trata del seno materno sino del seno en sí mismo; y digo que es «misteriosa» porque es un órgano que, después de todo, en su estética es poco aferrable para asumir un valor erótico particular. El análisis ha aclarado todo esto, al referirlo a algunas fases del desarrollo, al valor privilegiado que aquel objeto pudo adquirir para el sujeto en su fase infantil. Pero si nos referimos a otros objetos igualmente conocidos aunque menos agradables, todo el análisis de la estructura, es decir, de las constantes significantes en cuya base se encuentra la función (que es secundaria respecto a la estructura), todas las incidencias múltiples, repetitivas, que determinan que se recurra continuamente a este objeto, demuestran claramente que no se puede explicar en modo alguno su presencia verdaderamente dominante en la estructura subjetiva, atribuyéndole solamente un valor vinculado a la génesis. Hablar de fijación, como se hace en algunos sectores particularmente retrógrados del psicoanálisis, ya no es satisfactorio, porque se ha llegado a constatar que, sea cual fuere la importancia teórica que se atribuye a este concepto, según interesen más o menos las formulaciones teóricas (incluso en el caso de estar muy alejado de mi formulación teórica particular, que es calificada de estructuralista), la relación del objeto revela un valor tan prevalente, en forma consciente o inconsciente, que llega a demostrar la necesidad de este objeto. El cual, sin duda no es un objeto como los otros y la dialéctica de la objetivación y de la objetividad, aunque siempre ha estado vinculada a la evolución del pensamiento filosófico, por sí sola no basta para explicarlo. En cierto modo, este objeto esencialmente es un objeto perdido. Y no sólo mi estilo en particular, sino todos los estilos que se lean manifestado en el curso de la historia con la etiqueta de un determinado manierismo – como lo ha teorizado de una manera eminente Góngora, por ejemplo –son una manera de recoger este objeto, en cuanto estructura al sujeto que lo motiva y lo justifica. Naturalmente, en el plano literario, esto exigiría unos desarrollos enormes que nadie ha intentado todavía; pero en el momento en que suministro la fórmula más avanzada de lo que justifica determinado estilo, a la vez declaro su necesidad ante un auditorio particular, el auditorio de los analistas. Yo he promovido sistemáticamente algunas fórmulas de estilo propio, para no eludir al objeto; o, más exactamente, me siento más a gusto en ellas, para dirigirme, a nivel de la comunicación escrita, al público que me interesa, el de los analistas. Esta simple nota basta para destacar que no se trata de eludir una cosa, que en nuestro caso específico es el complejo o sea, en último análisis, una carencia; en todo caso, la elipsis no es el meollo de este estilo sino otra cosa a la que nos introduce el término «manierismo» que he usado antes; en este estilo hay otras cosas –otros modos independientes de la elipsis – y por otra parte, yo no tengo nada de elíptico, aunque no hay estilo que no imponga la elipsis, ya que verdaderamente es imposible describir nada sin elipsis. La pretensión de que «todo quede escrito», si fuera realizable daría lugar a una ininteligibilidad absoluta. Por ello, esta especie de reconocimiento que hago de la relativa díficultad de mi estilo, no la subrayo demasiado, ya que la experiencia me demuestra que, dado que no he conseguido formar (y el término es exacto) a un auditorio, que en cualquier caso será un auditorio de practicantes, en la medida en que no los he formado aún para la comprensión de unas categorías que no son usuales, mis artículos pueden parecer oscuros a primera vista. Además, los primeros artículos que figuran en este libro, aun cuando en el momento de su primera publicación en revistas podían parecer oscuros, en general, unos años más tarde no sólo resultaban comprensibles para todo el mundo, sino incluso de fácil comprensión; y se puede observar que en el fondo, contienen alguna cosa que se transmite a nivel del estilo. Para mí esto es una confirmación. Le he dado una respuesta difícil, pero no veo el motivo para darle otra, ya que ésta es exacta.


Al hablar de relaciones intersubjetivas me refería, más que a Piaget, a la tercera parte de L’Être et le Néant de Sartre (que usted cita en un ensayo de su libro). Es decir, que me refería sobre todo al sentido de «dialéctica existencial» y de «mirada objetivante».


Como ya he podido señalar al tratar del término intersubjetividad, en lo que se refiere a la estructuración subjetiva se podría articular en forma bastante precisa lo que separa mi «formalización» de la «formalización» del juego de las conciencias de Sartre (aunque él probablemente no aceptaría el termino «formalización»). He indicado que aquel texto sartriano es extraordinariamente rico de síntesis muy brillantes y sugestivas, por ejemplo, de lo «vivido» en la relación sádica, y en general, de determinado tipo de relaciones calificadas de «perversas». Desde el punto de vista clínico, sería muy fácil demostrar que todo esto es sencillamente falso, porque no basta con hacer una especie de producto sintético, una síntesis artificial de algo sobre lo que se tienen datos de comprensión recogidos no se sabe dónde, sin duda de una introspección propia; no basta, decía, con reconstruir correctamente la estructura. Por ejemplo, aquella forma de viscosidad, a nivel de algunas intencionalidades corruptas de que habla Sartre, no forma parte, en modo alguno, de lo que se puede observar en los auténticos sádicos.


En una palabra, es literatura.


Una literatura muy seductiva, estimulante, extraordinaria y que en verdad sirve para sugerir la exigencia de su control; es decir, es una especie de iniciación, una experiencia ejemplar.


Pero cuando se controla se descubre que es falsa.


Sí, y para que se pueda explicar precisa una estructuración muy distinta.


¿Su reproche se limita a L’Être et le Néant, o cree usted que se puede extender de una manera general a la impostación fenomenológica del problema?


Vea usted, yo no debo hacer ningún reproche global a la fenomenología; la fenomenología puede ser muy útil según a lo que se aplique. Por otra parte, se puede decir que hay tantas fenomenologías como fenemenólogos. Pero ahora me refería a la fenomenología que se perfila en algunos capítulos de L’Être et le Néant, y en los que Sartre pretende captar una experiencia vivida, como ejemplo de erotismo perverso. El resultado tiene una gran calidad y por sí solo ya justifica el que se deba recurrir a una formalización que no se limite al registro de la intersubjetividad de L’Être et le Néant.


Usted se ha referido a la relación que nos liga al seno materno, relación que ha sido analizada por Melanie Klein y sus discípulos. ¿Qué juicio le merece esta escuela post-freudiana? ¿Qué sentido tiene su «retorno a Freud», teniendo en cuenta que usted no rechaza en bloque las sucesivas aportaciones a las formulaciones freudianas?


Refiriéndonos a Melanie Klein no podemos hablar de ningún modo de psicoanálisis post-freudiano, a no ser que demos al prefijo «post» un sentido meramente cronológico. «Post-freudiano» quiere decir que se ha llegado a una etapa ulterior, de la misma manera que se habla de una época postrevolucionaria (que nadie ha visto aún). Se puede decir: la revolución ha terminado y los problemas que se plantean son de otra índole; pero estamos muy lejos de esta situación. Melanie Klein se mantiene en el surco de la experiencia freudiana y el hecho de que sostuviera polémicas con Anna Freud no quiere decir que no fuera freudiana, y casi más freudiana que la otra. En sí, el psicoanálisis del niño es un campo que presenta dificultades de relación muy especiales respecto al psicoanálisis freudiano. Podríamos decir que el anna-freudismo viene a ser la introducción masiva de una estructura pedagógica dentro de la experiencia específicamente analítica, en cambio Melanie Klein conserva la pureza de tal experiencia, en el mismo nivel del psicoanálisis infantil.


¿Utiliza usted el término «pedagógico» en sentido ético-formativo?


Propiamente no, sino más bien en el sentido de una investigación que tienda a fundamentos, a técnicas, a procedimientos que tengan una finalidad normativa, que hagan pasar la experiencia vivida del niño por una serie de fases típicamente educativas. Estas finalidades estructuran la experiencia directa de Anna Freud. Melanie Klein mantiene en el niño la pureza de la experiencia y centra su investigación en el descubrimiento, en el sondeo y en la manipulación del fantasma. Es indudable que ha hecho verdaderos descubrimientos, que pueden llamarse post-freudianos en el sentido de que se han añadido a las experiencias de Freud. Pero, por otra parte, también es indudable que los ha expresado en términos que teóricamente son atacables, porque en cierto sentido resultan demasiado adheridos a su empirismo y no pueden asumir toda su situación exacta. Así, por la manera en que Melanie Klein teoriza la función del fantasma en sus etapas primitivas, por todo lo que se refiere al cuerpo de la madre y a la inclusión precoz del Edipo como tal entre los fantasmas del recién nacido, lo único que se puede decir es que se trata de teorías tan insostenibles que llegan a inspirar respeto. Quiero decir que resulta admirable que estos fenómenos la obliguen a forjar teorías impensables y que ella acepte forjarlas, ya que en definitiva, las teorías se han de someter a los hechos. Desde luego, más adelante las teorías se hacen más inteligibles y convincentes, por la intervención del que teoriza. Pero ante todo es preciso registrar, como lo hace Melanie Klein, el dato observado, aunque a nivel del empirismo «un dato no se define por sí mismo» (esto nos llevaría lejos). En otros términos, los frutos de la experiencia de Melanie Klein y de su escuela se quedan en resultado alcanzado.


En todo caso, un resultado freudiano.


Ciertamente. Y perfectamente integrable en términos freudianos. Aunque yo no me he dedicado a él de una manera especial.

Y en el psicoanálisis post-freudiano, ¿ve usted aportaciones sin ser de Freud?


Muchas. Por ejemplo, el psicoanálisis aplicado a las perversiones. Quiero decir que la verdadera estructura de las perversiones como a tales se ha de considerar post-freudiana. Algunos fenómenos muy elaborados, como la función del objeto transicional descubierta por Winnicott, son elementos absolutamente positivos que han sido introducidos en la experiencia y que tienen una función muy precisa en la teoría. Además, hay una gran afición a investigar el psicoanálisis de la psicosis, que sin duda es post-freudiana. Pero vamos comprobando que estas investigaciones resultan más eficaces cuando se les aplican instrumentos propiamente freudianos.

Por otra parte, con su «retorno a Freud», usted pone en guardia implícitamente contra autores, libros, teorías que, según usted, corrompen el sentido originario del freudismo.

Podría poner muchos ejemplos.


Cíteme algunos.

Como se sabe, la mayor parte de lanzas las he roto contra los círculos dirigentes de la Sociedad Psicoanalítica Internacional, que después de la guerra me han colocado en una situación muy especial. Mi oposición es categórica, agresiva, y se acentúa ante una teoría y una práctica totalmente centradas en las doctrinas llamadas «del Ego autónomo», que dan a la función del Ego el carácter de una «esfera sin conflictos», como se le llama. Este Ego, en substancia viene a ser el Ego de siempre, el Ego de la psicología general, y en consecuencia, nada de lo que pueda discutirse o resolverse sobre él es freudiano. Simplemente, es una manera subrepticia y autoritaria, no de incluir el psicoanálisis en la psicología general como pretenden, sino de llevar la psicología general al terreno del psicoanálisis, y en definitiva de hacer perder a éste toda su especifidad. Aquí me veo obligado a hacer un resumen poco preciso. No puedo insistir sobre lo que representa el grupo de Nueva York, constituido por personajes que provienen directamente del ambiente alemán –Heinz Hartmann, Loewenstein, Ernest Kris (que ha muerto)– los cuales, por así decirlo, se han aprovechado de la gran diáspora nazi para imponer en América, con toda la autoridad que derivaba del hecho de proceder de aquel lugar benemérito, una cosa absolutamente adecuada a una sociedad que, en este aspecto, estaba esperando que los Magos la intimidaran. Para sus teorizaciones encontraron incluso excesivas facilidades, surcos demasiado trazados por una tradición, para no extraer beneficios extraordinarios de carácter personal. En una palabra, se trata de una traición muy clara a lo que continúan siendo los descubrimientos peculiares de Freud.

Pero cuando se habla de psicoanálisis en América, los no especialistas piensan sobre todo en otros exponentes. Por ejemplo, en Marcuse y en Norman Brown.

Marcuse es una personalidad cultural muy simpática e ingeniosa. Sin tener una auténtica autoridad científica, basada en una experiencia psicoanalítica personal, ha tenido la audacia de imaginar y de someter a juicio las prácticas e incluso los principios de nuestra sociedad a nivel, por así decirlo, de un oros más sano. Es preciso reconocer que sus doctrinas no tienen una gran importancia desde el punto de vista especulativo. Es cierto que siguiendo esta dirección ha podido desarrollar análisis particulares y proponer perspectivas iluminadoras, para explicar algunos aspectos de nuestra práctica social, en especial en el campo de las costumbres, y con cierta dosificación cuando aborda el problema del erotismo. Son teorías muy interesantes en el aspecto descriptivo, pero que no conducen ni a un análisis estructural auténtico ni a ningún resultado utilizable en la transformación de algunos aspectos de nuestra civilización. Nuestra civilización parece cada vez más condicionada por una serie de procesos inertes, y además por cierto tono difundido, por así decirlo, gracias a una especie de economía del erotismo; elementos regidos por leyes que están muy lejos de poder ser individualizadas por medio de simples especulaciones teóricas.


¿Cree usted entonces que el intento de aplicar el psicoanálisis a la civilización y a la historia (y a la antropología, siguiendo las huellas de Géza Roheim) está destinado al fracaso?

No, pero sería conveniente examinar las cosas a nivel más radical, aunque sólo fuera para entender el sentido en que se puede ejercer un control de cualquier especie de los fenómenos, en el plano de la colectividad.

¿Y basándose en Totem y tabú y en Moisés y la religión monoteísta, usted ve la posibilidad de aplicar el freudismo sin que sea una pura elucubración teórica?

Es muy posible, pero no de una manera inmediata.

Y, ¿qué piensa de Norman Brown?

Brown es un buen ejemplo de cómo puede hacerse una obra perfectamente aireada, sana, eficaz, inteligente, reveladora, con la sola condición de que un ingenio no prevenido (en efecto, Brown no se había ocupado nunca de estos temas) se tome la molestia de leer a Freud, de la misma manera que se leen otras cosas cuando no se está cretinizado previamente por mixtificaciones de baja vulgarizacion. Por ejemplo, hay gente que habla de Darwin sin haberlo leído nunca: lo que comúnmente se llama «darwinismo» es un tejido de imbecilidades, en el que no se puede decir que las frases que se citan no hayan sido extraídas de Darwin, pero que no son más que unas cuantas frases cosidas, con las que se pretende resolver todo, y en las que se describe la vida como una gran lucha y en la que todo funciona con el predominio del más fuerte. Basta abrir a Darwin para darse cuenta de que las cosas son algo más complicadas. De la misma manera que hay una lectura de Freud, la que se enseña en los institutos de psicoanálisis, que impide leer a Freud con cierta garantía de autenticidad. Y entretanto, un recién llegado, que obtiene una beca de estudios de la W.W.L. para que escriba algo sobre Freud –desde luego, alguien que no sea un estúpido – de repente escribe un libro revelador. «Esto es lo que significa Brown. Esto y nada más».


En sus Écrits figura un importante ensayo dedicado al «tiempo lógico»; y en general, el problema del tiempo es un tema clave de sus investigaciones. ¿Podría usted resumir los términos del planteamiento?

Todavía estoy muy lejos de poder abordarlo con toda la amplitud de implicationes con que podré hacerlo en el futuro. El tema del tiempo me toca muy de cerca, en primer lugar, porque como todo el mundo sabe, yo hago un uso muy variable de la referencia temporal. Por ejemplo, yo no me someto al standard temporal que suele utilizarse de una manera estereotipada en la práctica psicoanalítica.

¿En qué sentido?


En el sentido cronológico y terapéutico. Quiero decir que los psicoanalistas suelen hacer durar las sesiones unos 45 minutos, y después se paran. El hecho de que la mayor parte de los analistas sigan este criterio, como una referencia básica sobre la que se debe trabajar, sin que exista posibilidad alguna de discutirla, es un fenómeno muy curioso. Yo creo que el analista, por el contrario, ha de conservar su libertad, entre otras cosas, para utilizar una sesión breve o prolongada según le convenga.

Es decir, de cinco minutos a tres horas.

Sí. Es él quien debe decidir el por qué. Aun cuando se han aducido muchos argumentos sobre esta cuestión, resulta increíble, exorbitante, que sea preciso ofrecer pruebas concluyentes. En todo caso, deberían ser los que creen, Dios sabe por qué, que el standard ha de ser de 45 minutos, invariable y obligatorio, los que deberían justificar esta invariabilidad. Y en cambio, no se han podido dar explicaciones distintas del «todos lo hacen así». Esta costumbre fue copiada, transcrita de Freud quien, no obstante, cuando la transmitió tuvo mucho cuidado en señalar sus reservas diciendo, poco más o menos: «yo lo hago así porque me resulta cómodo y si otro quiere seguir un criterio más cómodo para él, puede hacerlo tranquilamente». Desde luego, ésta no es la manera de debatir la cuestión, porque decir «lo hago así porque me resulta cómodo» no es ningún argumento. Freud dejó el problema sin solución. Sobre la «dosificación» del tiempo está todo por decir. Pero evidentemente, cuando usted me formulaba su pregunta no pensaba en este «tiempo». Sólo he querido referirme a este punto porque para mí es muy grave y no veo la razón de evitarlo. Y con mayor razón porque nadie lo afronta, como si tuvieran miedo de quedarse sin un terreno sólido en el que apoyarse en la práctica. Me sabe mal dejarlo porque podría explicar muchas cosas. Pero tampoco puedo evitar de insistir sobre ello porque en muchas ocasiones, cuando no se me ha podido atacar respecto a la doctrina, me han atacado en este terreno. En realidad, da lo mismo que lo haga así o de otra manera; como en cualquier caso los demás también lo harán a su manera, ¿qué puede importarles que yo utilice esta práctica? Es tan cierto esto que algunas personas que yo he formado según este criterio han sido recibidas con los brazos abiertos en la Sociedad Psicoanalítica Internacional, con la única condición de que votaran contra mí en determinada circunstancia. Esto ha bastado como autorización total.

Volviendo a la pregunta de antes…

Es cierto que existe un tiempo que no es el de la inercia psicológica, o de la transmisión nerviosa, sino el tiempo de la transmisión intelectual; ahora, mientras hablo, usted emplea cierto tiempo para darse cuenta de lo que le digo, aunque es difícil medirlo. Pero no es éste tampoco el tiempo que le interesa…

Al contrario, me interesa muchísimo.


Sí, es muy interesante, pero tampoco es el tiempo «analítico». Mejor dicho, es analítico en el sentido de que, cuando levanto un vaso, por ejemplo, noto su peso: en este sentido todo lo es. En cambio, basándose en las funciones del inconsciente el tiempo específicamente estructural está constituido por el elemento de «repetición». Justamente ahora se comienza a explorar si se trata de una temporalidad ligada esencialmente a la constitución como tal, a la llamada «cadena significante». Estamos en el plano del ritmo, de la cadencia, de la interpunción, de los grupos temporales en los que se pueden hacer distinciones propiamente topológicas –de grupos abiertos y grupos cerrados, por ejemplo. Lo que una frase es en sí, lo que comporta la unidad esencial de la frase por el hecho de ser un ciclo cerrado y como consecuencia, un cumplimiento posterior con efectos de carácter retroactivo, todos éstos son temas que apunto continuamente en la dialéctica que desarrollo, pero que aún no he aislado como problemas autónomos en un capítulo dedicado al problema de la temporalidad; ni he creído que la mejor manera de exponerlos fuera «seriándolos» con base en categorías intuitivas, según los modos de la estética trascendentalista. He introducido una nueva dimensión en el tiempo lógico, la de la «precipitación identificadora», comocosa que en el fondo se autodetermina y que solamente puede actuarse en cierto modo que llamo del a-tiempo lógico. Mi contribución es muy original y entre los especialistas de lógica hubiera podido provocar un gran interés si éstos no trabajaran a un nivel «no saturado» como el que trabajan, dedicándose únicamente a la constitución de sistemas formales. Pero cuando se reintroduzca la noción de sujeto en cuanto implica la dimensión del sujeto freudiano en su reduplicación profunda y originaria, la división inaugurante que es la del sujeto como tal, solamente podrá ser establecida por la relación entre un significante y otro significante que es consecuencia retroactiva del primero; de hecho, el sujeto propiamente es lo que un significante representa para otro significante. Aquí radica, se inaugura el fundamento propio de la subjetividad, en la medida en que se puede deducir la necesidad de un inconsciente no transponible en cuanto a tal, de un inconsciente que no puede ser vivido de ninguna manera en el plano de la conciencia. Cuando estas cosas hayan sido teorizadas adecuadamente, es decir, cuando se haya puesto en evidencia la «estructura topológica», podremos establecer con mayor libertad las bases de una lógica pre-subjetiva, o sea de una lógica que surja en la frontera de la constitución del sujeto.

En términos sencillos, esta estructura, ¿es una verdad más acá del tiempo?


No. No creo que pueda ser interpretado así. Yo también creo que la verdad siempre está encarnada. El ámbito de la verdad y el del saber sólo comienzan a distinguirse cuando en verdad el verbo «se hace carne». La verdad es lo que resiste al saber.

Por lo tanto, para usted la verdad no es una cosa que se sitúe en el tiempo.

No. Sólo puedo concebir un ámbito de la verdad en donde hay una cadena significante. Si falta un lugar en donde pueda manifestarse lo simbólico, nada se puede proponer como verdad. Es lo real, con toda su opacidad y con su carácter de imposible esencial, y sólo cuando entramos en el ámbito de lo simbólico puede abrirse una dimensión de cualquier clase. La verdad difícilmente puede ser calificada de dimensión porque en el fondo, todo lo que decimos es verdad en cuanto lo decimos como verdad; incluso en el caso de que haya cierto matiz de falsedad, no se trata propiamente de falsedad precisamente porque lo decimos como verdad; la verdad no tiene ninguna clase de especifidad.

por Paolo Caruso, 1969


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domingo, 8 de febrero de 2009

La Bruja Freudiana






La Bruja Freudiana


por Javier Quintero Polo


psicoanalista;
Universidad Simón Bolivar, Colombia.




“Si se trata de un asunto que necesita reflexión
lo examinaremos mejor en la oscuridad”
Edgar Allan Poe


RESUMEN

Freud siempre tuvo sus reservas en la relación que mantendría su construcción con la universidad. Actualmente el recetario en que se han convertido los complicados conceptos del psicoanálisis en las aulas de clase, parece poner de manifiesto la preocupación de este. Una presentación del acto poético de guardar silencio para escuchar el dolor humano desde un análisis no objetivante, pretende llamar la atención sobre el intrincado universo de las representaciones-cosa, de lo inconsciente, que como se verá de estructura esquiva e inaprehensible, quedaría desdibujado y simple si se lo transmite desde una definición de manual.


Palabras claves:

Inconsciente, Representación, Visibilidad, Asombro, Manejo Transaccional, Poesía.



Estando en el bachillerato me encontraba embelesado con un personaje del oscuro y brillantísimo Edgar Allan Poe[1]. Este aparece en algunos cuentos como La Carta Robada y Asesinatos en la Rue Morgue. C. August Dupin[2] es su nombre y es fascinante. Posee una sensibilidad y sensatez pasmosa, que utiliza deleitado para descifrar enigmas. A través de su lógica arrolladora encuentra lo que escapa a la mirada, esas cuestiones de la realidad que son inaprensibles, y no por falta de herramientas, ya que la ciencia nos permite ver muchas cosas[3], sino por falta de espera, de silencio para sentirlas. Dupin tenía el suficiente sosiego para captar lo que a la mirada en su vertiginosidad se le escapaba. Yo quería ser como él, quería tener un intelecto impetuoso, poseer sensibilidad, sensatez y dedicarme a penetrar enigmas, el enigma más espinoso de todos; por eso decidí estudiar psicología.

Sin embargo, sufrí un desencanto, la psicología universitaria[4] no era lo que yo esperaba. Mientras el docente repetía lo que se sabe desde el colegio, yo meditaba buscando explicaciones para mi desaliento. Me convertí en lo que llaman un estudiante preguntón. Obviamente nada satisfacía mi demanda. Me dediqué, entonces, a ratonear en la biblioteca, tratando de encontrar la psicología de Dupin, que no sentía en ninguna de las tantas asignaturas; buscando y leyendo me hallé con un librito llamado Psicoanálisis De Los Cuentos De Hadas[5]. Enseguida quede atrapado. Esta era la psicología que yo quería practicar, una concepción de los fenómenos humanos que implicara una rigurosa lógica interpretativa y que, además, no se alejara del malestar de quien lo padece.


A partir de ese momento me decidí por el Inconsciente. Ese espacio (en sentido topológico no topográfico[6]) donde el tiempo encuentra su falsedad; donde las cosas son innombrables, por lo tanto, ni buenas ni malas; donde la concatenación se presenta inexorable para mostrar a Dios con senos enormes y vagina de cristal instando a Beliat que le de nombre[7]. Esa encrucijada relatada por Freud me situó de regreso a la necesidad de saber, recobrando así el aliento perdido[8].

No obstante esa admiración primera por aquella dimensión, fue dragada con sutil tecnología en el recorrido para conseguir mi acreditación; sucedió una especie de alienación acomodaticia en el manejo transaccional al que está sujeto un discurso al querer fraccionarlo para su enseñanza masiva[9]. Afortunadamente un tiempo después, este somnífero quedó disuelto por una frase de J. Nasio: “Preguntarse por la naturaleza del Inconsciente parecería una inocencia fingida”, y el hecho es simple se está tan habituado a su uso que ya no inquieta[10]. Resultó esta frase un jalonamiento de oreja. ¿Como así que existe algo que nos habita y nos determina sin nosotros saberlo, algo que nos dice que la realidad (lo real) no esta hecha y que hay que conseguirla, y conseguirla con dolor y que, además, en cualquier momento podemos perderla[11]; algo que revoluciona por completo la historia del conocimiento? Y yo, mientras tanto, extraviado en definiciones castradoras utilitaristas.

Estando así las cosas me propondré transmitirles ese asombro por este discurso. Empero dejo claro que no trato de abarcar el tema en su totalidad, por demás arduo y exorbitante, sino, plantear que el Inconsciente no es un tema simple. Ya que creyéndole o no, no se puede negar su ingenio y mucho menos soslayar su marca en la cultura: Antes de Freud en el interior de las iglesias se colocaban infantes alados, como angelitos, estos en representación de su candor no tenían genitales. Después de Freud, en esta zona, les colocaron una hoja[12].

Aprehendiendo El Inconsciente

1. Contexto
Ante todo, la noción de Inconsciente ya existía antes de Freud, aunque esta no tenia los alcances que luego le daría el medico vienés, digamos que con él la idea de Inconsciente toma un nuevo sentido con numerosas implicaciones. Precedían a sus publicaciones, el manejo del Inconsciente por parte de algunos pensadores que podríamos adjudicarles el adjetivo de filósofos, y también, por aquellos virtuosos que perciben en la realidad aquellos detalles impregnados de significado revelador, me refiero ciertamente a los poetas. Sin embargo, en ambos flujos discursivos no había una precisión sobre lo que se mencionaba; por ejemplo del lado de la poesía T.S. Eliot decía “entre la idea y la realidad, entre el movimiento y la acción media la sombra”, lo cual connota que en lo manifiesto de nuestro comportamiento hay un rastro misterioso que se presenta como falto de iluminación, ya que en las sombras permanece oculto, y el trabajo de Freud consistió precisamente en empezar a descifrar eso que vive en las sombras. H. Bloom[13] anota que la idea de inconsciente ya está toda en Shakespeare, que el merito de Freud es discurrirlo a manera de prosa. Recordemos que el joven Freud era lector de los clásicos griegos entre ellos Homero y por supuesto Sófocles; también de Shakespeare, de Cervantes, de Goethe, de Dovtoiesky etc. Recordemos además que una de sus máximas es “debo mucho más a los poetas que a toda la psiquiatría junta” (S. Freud; citado E. Zuleta) [14]

Si en los filósofos la idea de Inconsciente era algo a lo que no lograban darle precisión y en los poetas era eso que decían sin saber que lo precisaban, en las ciencias de finales del siglo XIX y principios del XX era algo que no tenía cabida. Las elucidaciones de Descartes[15], unos siglos antes, sirvieron para establecer un método que daba cuenta fiable de los procesos que se abordaban. Paso a paso se iba accediendo a un fenómeno, ese acceso paulatino culminaría en la obtención de su entendimiento. A partir de allí comenzó lo que llaman la revolución científica, ya que el entendimiento de un hecho permitía luego su manipulación. La penetración de los fenómenos, consiguiente administración, era del orden de la visibilidad, el método era aplicable solo aquellos fenómenos visibles en los cuales se podía accionar. En este caso, si una disciplina decidía abordar la psyche tendría la obligación, si quería ser catalogada como científica, de seguir el método de la visibilidad, ya que este era el único camino para acceder a las certezas de los fenómenos. En esta “línea” en el siglo XVIII categóricamente Kant planteó que sí la psicología aspiraba a constituirse como ciencia debía encontrar un objeto que pudiera ser medible y por tanto cuantificable; la voz de este inspiro toda una serie de trabajos que desembocaron en el hecho del establecimiento a finales del siglo XIX del primer laboratorio donde se inquirían los procesos psíquicos[16]. En este lugar se instruía al individuo para que examinara y describiera sus representaciones mentales de la manera más fiable posible. En esta experiencia no se escatimaban esfuerzo por controlar todas la variables intervinientes. Había una serie de maquinas conectadas al individuo que ayudaban al grupo de investigadores en la recolección de los datos. De este modo se obtuvo la conclusión de que las representaciones mentales constaban de tres elementos: sensaciones, imágenes y afectos. Con esto se alcanzó un objeto medible y cuantificable, se estableció entonces la disciplina que, a través del procedimiento científico, estudiara la psyche. Sin embargo, el individuo solo podía comunicar aquello a lo que tenía acceso, es decir, aquello de lo que era consciente que se representara en su mente. Así la psicología era la disciplina de la conciencia, dado el hecho de que era de lo que tenía datos. Fuera de estos, es decir, representaciones que estuvieran en la mente del individuo sin que este lo supiera, se escapaba al método ya que no era posible acceder a ellos y por lo tanto no se podía cuantificar, dada su no visibilidad. Esto da cuenta, entonces, de lo ajeno que es para la psicología científica de los albores del siglo XX la idea del Inconsciente, por lo que coloca el método en el orden de la especulación.

2. La construcción de Freud

En una carta a su entonces novia Marta, Freud por descuido derrama una bebida sobre lo que escribía manchando el papel, aun así decide enviarla, anotándole a su amada una frase al respecto: “por favor no interpretes lo sucedido”[17]. Da entender la anotación que ya en su juventud existía la sospecha de un mas allá en nuestro comportamiento que permanecía en la penumbra y que precisaba iluminación. Él se impondrá encontrarlo.
Por todos es sabido la formación científica que adquiere Freud en su carrera médica. Eran horas y horas frente al microscopio estudiando y anotando todo lo que iba observando sobre el funcionamiento de las células del sistema nervioso. Esto, lo llevo a plantearse que la neurona era la unidad funcional de este, incluso antes que se publicara la existencia de la misma[18]; bosqueja, además, la idea de las sinapsis neuronal, por lo cual Ramón y Cajal recibiera el Nóbel años mas tarde[19]. Esta consecución de datos comenzará a gestar la posibilidad de hallar un fundamento material para los procesos psíquicos, no obstante el ordenamiento que le hace Freud a estos descubrimientos es harto distinto a las directrices de su época. La correlación encontrada por algunos anatomistas entre un desorden funcional y lesiones localizadas en zonas especificas del cerebro (Wernicke y Broca) hacia pensar que los procesos mentales estaban alojados en distintas partes del área cerebral, y que era solo cuestión de tiempo que el método los encontrara. Por el contrario Freud pensaba que esta concepción no le hacía justicia a la complejidad, en su momento, de las afasias[20]. Había una confusión en estos lineamientos respecto a lo físico y lo psíquico, argumenta que la relación que se da entre estos dos fenómenos, probablemente no sea de causa y efecto “ya que el suceso fisiológico no cesa cuando el pensamiento comienza” (Afasias, 1891. Citado por M. Fernández)[21]. Por tanto la idea que se hace Freud de los procesos mentales es más dinámica que estática, no concebía una representación alojada en una neurona[22]. Esto quizá fue uno de los pensamientos captados por él en el círculo de Brücke (E. D. Dobois-Reymond, C. Ludwing, H. Helmholtz) donde lo cardinal era que todo se reducía a fuerzas físico químicas, y en los momentos en que se presentaba algo a lo que no se podía acceder por medio de esta concepción había que intentar reflexionarlas a partir de métodos físico-matemáticos, o bien suponer la existencia de nuevas fuerzas inherentes a la materia, y reductibles a la fuerza de atracción y repulsión (S. Bernfeld; citado por A. Garcia)[23]. Tomando esta perspectiva, sumándole sus propias observaciones y, obviamente, lo que él intuía, Freud concibe la representación mental.

2.1 La Representación En Freud

En un texto de 1890 Freud se refiere a sus colegas: “La relación entre lo corporal y lo anímico (en el animal tanto como en el hombre) es de acción recíproca; pero en el pasado el otro costado de esta relación, la acción de lo anímico sobre el cuerpo, halló poco favor a los ojos de los médicos. Parecieron temer que si concedían cierta autonomía a la vida anímica, dejarían de pisar el seguro terreno de la ciencia”[24]. Ya que como se ha venido diciendo tal influencia no era visible. La representación, como sabemos desde Wundt si lo es. Pero ¿Qué es una Representación? es aquello que vemos pero no con los ojos, es aquello que vemos aun teniendo los ojos cerrados; a manera mas precisa: cuando un estimulo llega a nuestro organismo este se presenta en nuestra conciencia, luego por funciones de memoria lo podemos volver a traer a la conciencia o llega fortuitamente a ella[25], esto es una Representación. Ahora, ¿Qué es lo que se presenta o representa en nuestro psiquismo? Las cosas, los objetos. Empero recordemos que hay dos clases de objetos. Uno que hace referencia a las cosas del universo, aquello a lo que accedo por los sentidos (Gegenstand); y otro que es constituido, el compendio de sensaciones en una representación (Objekt), que situamos en las cosas del universo[26]. Y estos dos objetos son a los que atenderá Freud. Él plantea el psiquismo consciente dotado de dos elementos primarios con una derivación: Representación-Palabra y Representación-Cosa, ambas, en su articulación, constituyen la Representación-Objeto. Esta precisión se encuentra ya en el texto sobre las afasias (1891)[27], y concuerda con la maravillosa elucidación de Ferninad de Saussure en 1915 en su Curso De Lingüística General cuando dice “Llamamos signo a la combinación del concepto y de la imagen acústica: pero en el uso corriente este termino designa generalmente la imagen acústica sola, por ejemplo una palabra (árbol). Se olvida que si llamamos signo a árbol, no es más que gracias a que conlleva el concepto árbol, de tal manera que la idea de la parte sensorial implica la del conjunto.”[28] Freud lo explicitará más adelante en su obra de la siguiente manera: “Lo que pudimos llamar la representación-objeto {Objektvor-stellung} conciente se nos descompone ahora en la representación-palabra {Wortvorstellung} y en la representación-cosa {Sachvorstellung} que consiste en la investidura, si no de la imagen mnémica directa de la cosa, al menos de huellas mnémicas más distanciadas, derivadas de ella. De golpe creemos saber ahora dónde reside la diferencia entre una representación conciente y una inconsciente… La representación conciente abarca la representación-cosa más la correspondiente representación-palabra, y la inconsciente es la representación-cosa sola”[29]. Ahora bien ¿Qué es eso a lo que Freud llama representación-cosa? Aquellas experiencias iniciales que en nuestra humanización particular fueron cargadas de afecto y quedaron representadas en nuestra alma, mas sin embargo en ausencia de un lenguaje estructurado, no hubo palabras para nombrarlas, y yerran en un topos no ontico, esperando y no desaprovechando oportunidad para ser nombradas.
Por esto las palabras en psicoanálisis son tan importantes. Ya que ellas remiten a aquello que quiere ser nombrado, y que se nombra de tanto en tanto, sin que la persona lo sepa, ya que ella no conoce su nombre, empero en la hilación de su conversación, si se tiene calma y sosiego se capta como esa cosa se nombra en y con distintas palabras. En el texto citado anteriormente (tratamiento psíquico, tratamiento del alma) Freud dirá lo siguiente “Un recurso de esa índole es sobre todo la palabra, y las palabras son, en efecto, el instrumento esencial del tratamiento anímico”. Aunque este texto es del periodo llamado pre-psicoanalítico, me valgo de él en razón, del valor que tempranamente le daba Freud a la cadena de palabras que componen un discurso.

2.2 Implicaciones Clínicas

En un texto de 1937 Freud se refiere a una escena del Fausto de Goethe. La escena es más o menos la siguiente: “Fausto busca el rejuvenecimiento y desconfía del poder de la bruja. Pregunta a Mefistófeles si no habría otro medio mejor, y el diablo goethiano le responde que sí, que hay otro medio: el trabajo duro de la tierra, los alimentos naturales y el vivir como un animal más. Pero para fausto no vale esta vida dura y natural, Mefistófeles concluye: Entonces es preciso que intervenga la Bruja”[30]. La mención de Freud de esta escena surge en una pregunta que él se plantea: “¿Es posible tramitar de manera duradera y definitiva, mediante la terapia analítica, un conflicto de la pulsión con el yo o una demanda pulsional patógena dirigida al yo?” [Y el mismo se responde] “Si se pregunta por qué derroteros y con qué medios acontece ello, no es fácil responder. Uno no puede menos que decirse: «Entonces es preciso que intervenga la bruja»”[31]
Aunque, en el texto Freud usa la metáfora para referirse a toda su Metapsicología. Por cuestiones de tiempo[32], yo solo la significaré, si me lo permiten, en un solo aspecto.
Es apenas comprensible que las “brujas” en las ciencias no sean llamadas, ya que su objeto está ahí a sus ojos, y sencillamente se utilizan un sin numero de herramientas para tratarlo. Pero en la clínica del psicoanálisis donde el objeto son las palabras, y como se vio unas palabras que intentan nombrar eso que quedo sin nombre, es necesario hacerle el llamado a la bruja, al Inconsciente.


Al llegar Freud a la clínica se encontró con casos que escapaban a la mirada vertiginosa de la cartografía médica, pero su voluntad de saber, su empeño en hacer racional el síntoma lo llevo a situarse de especial manera para captar el malestar humano. Por esto cuando Elisabeth von R.[33], que padecía de dolores terribles en las piernas a la hora de caminar sin tener esto implicaciones orgánicas, Freud capto en su discurso aquellas formas que significaban el problema, como aquella cosa que no encontró descarga se simbolizó en las piernas.
Y hoy gracias a él, se puede captar como un sujeto en análisis con angustia sobre su homosexualidad, acentúa siempre las x en su discurso, menos cuando se va a referir a lo sexual[34]; como un sujeto que tiene el fantasma de ser el payaso de la familia, utiliza la expresión “fan” recurrentemente. Como una joven sueña con una sirena de ambulancia, olvidando que su padre le decía sirenita cuando niña, y con el cual tenía dificultades.[35]

Para finalizar recordar la famosa anécdota, tan referenciada pero esquiva en su fuente, del analista J. Lacan en su visita a los Estados Unidos. Sucedió que después de una larga conversación sobre epistemología de la ciencia con el bien instruido Chomsky, este último creyendo dar fin a la conversación aseveró “Entonces eso no es ciencia, eso es Poesía”, a lo que Lacan contestó “Entonces yo soy un poeta”.


[1]Para un acercamiento a este autor se recomienda el ensayo de Charles Baudelaire “Edgar Poe, Su vida Y Sus Obras” en E. A. Poe. El gato negro y otros cuentos. Bogotá: Editorial Norma S.A. 7ª reimpresión. Colección Cara-Cruz. También puede verse el libro de M. Bonaparte, que fuera una de las primeras psicoanalista, titulado Edgar Allan Poe, étude psychanalytique, que Freud prologará de la siguiente manera: “En este libro, mi amiga y discípula Marie Bonaparte ha dirigido la luz del psicoanálisis sobre la vida y la obra de un gran poeta de genio patológico. Merced a su trabajo interpretativo se comprende ahora cuántos de los caracteres de su obra están condicionados por la peculiaridad del hombre, pero se averigua también que esta última es la sedimentación de intensas ligazones afectivas y vivencias dolorosas de su primera juventud. Tales indagaciones no están destinadas a explicar el genio del poeta, pero muestran los motivos que lo han despertado y el material que el destino le ofreció. Reviste un particular encanto estudiar las leyes de la vida anímica de los seres humanos en individuos descollantes” (Nuevas Conferencias de Introducción al Psicoanálisis y Otras Obras, Escritos breves, Prólogo a Marie Bonaparte, Edgar Allan Poe, étude psychanalytique; en Sigmund Freud Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu editores. Versión electrónica)


[2] Es justo en los textos referenciados donde Poe introduce a Dupin con su esplendor lógico, aunque Lacan mucho menos transferencial dirá “…observaciones sin duda muy penetrantes, aunque no siempre absolutamente pertinentes en su generalidad…” (J. Lacan (1976) Escritos II. El seminario sobre “La Carta Robada”. México: Siglo Veintiuno Editores S.A.) En Los Asesinatos de la Rue Morgue aparece lo siguiente: “Los eslabones mayores de la cadena son estos: Chantilly, Orión, el doctor Nichols, Epicuro…” y “Yo no estaba poniendo atención especial a lo que usted hacia…” (E. A. Poe. El gato negro y otros cuentos. Bogotá: Editorial Norma S.A. 7ª reimpresión. Colección Cara-Cruz. Pág. 64) cuestiones estas que hacen recordar a la atención libre flotante y a la asociación libre de la clínica del psicoanálisis. Esta virtud de Poe, “el ojo del poeta, girando en su fino desvarío” (Sueño de una noche de verano, acto V, escena 1; citado por Strachey en el apartado Fragmentos de la correspondencia con Fliess, Manuscrito N. Sigmund Freud Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu editores. Versión electrónica) queda en la inmortalidad de su obra.

[3] Es paradójico observar como tanto las ciencias como el psicoanálisis, siguiendo senderos digamos distintos, han llegado a la misma conclusión en lo referente a lo real, no se le puede acceder directamente. Igualmente paradójico es que conductismo y psicoanálisis compartan la idea de que un análisis exhaustivo del Yo lo desintegra y lo deja sin “identidad”, pasa a ser un cúmulo de condicionamientos por la influencia del ambiente o un alienado por el discurso del Otro respectivamente.

[4] En un precioso articulo, que ha de ser sin duda un clásico, G. Canguilhem discute el fundamento del objeto de estudio de la psicología, llegando a decir “Sin embargo, mirando las cosas con más detenimiento, se podría decir que esta unidad se asemeja más a un pacto de coexistencia pacifica, establecida entre profesionales, que a una esencia lógica obtenida por la revelación de una constancia en una variedad de casos” o “El psicólogo no quiere más que ser instrumento, sin tratar de saber de qué o de quién es instrumento” y “¿Adonde quieren llegar los psicólogos haciendo lo que hacen? ¿En nombre de quien se han instituido psicólogos?” (Revista Colombiana de Psicología No 7. ¿Qué es la Psicología? Bogota: Universidad nacional de Colombia. Págs. 8, 13 y 14.)

[5] B. Bettelheim (1988) Psicoanálisis de los Cuentos de Hadas. Barcelona: Editorial Critica 9ª edición. Una de las cosas que más me impresiono del libro es el ordenamiento simbólico que tienen las figuras y algunos de sus rasgos en el psiquismo humano.


[6] Aunque los dos términos hacen referencia a ubicación de lugar, en el periplo diacrónico ambas palabras se han diferenciado, una (topográfico) hace referencia a un espacio físico, mientras la otra (topológico) alude a un mas allá de este (Y. Páez. Comunicación personal.)

[7] Estas palabras, aunque sea una perogrullada decirlo, hacen referencia a los principios descritos por Freud con los cuales actúa el inconsciente, lo último es un sueño.

[8] Este es otro cuento de Poe, y uno de los más especiales.

[9] Respecto a esto Freud se pronunciaría en varias ocasiones, por ejemplo “Es indudable que la incorporación del psicoanálisis a la enseñanza universitaria significaría una satisfacción moral para todo psicoanalista, pero no es menos evidente que este puede, por su parte, prescindir de la universidad sin menoscabo alguno para su formación. En efecto, la orientación teórica que le es imprescindible la obtiene mediante el estudio de la bibliografía respectiva y, más concretamente, en las sesiones científicas de las asociaciones psicoanalíticas, así como por el contacto personal con los miembros más antiguos y experimentados de estas. En cuanto a su experiencia práctica, aparte de adquirirla a través de su propio análisis, podrá lograrla mediante tratamientos efectuados bajo el control y la guía de los psicoanalistas más reconocidos.” (De la Historia de una Neurosis Infantil y Otras obras, ¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la universidad? en Sigmund Freud Obras Completas. Amorrortu editores. Versión electrónica) Lacan profundizará más la relación del psicoanálisis y la universidad con el planteamiento de los cuatro discursos entre ellos el universitario y el del analista.


[10] M. Fernández (2001). Del inconsciente freudiano al significante lacaniano. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia. Departamento de Psicoanálisis de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia. Pág. xxiii

[11] E. Zuleta (1985) El Pensamiento Psicoanalítico. Medellín: Editorial Percepción. Serie Universidad, Colección: Espejo. Pág. 39

[12] L. Chamartín (2006). Conversatorio “El discurso sadiano” (Inédito). Organizado en la Universidad Simón Bolívar por el grupo académico-cultural Tempera Mental.


[13] Referenciado por Marcelo Figueras en www.clarin.com/suplementos/cultura/1999/03/21/e-00411d.htm


[14] E. Zuleta (1985) El Pensamiento Psicoanalítico. Medellín: Editorial Percepción. Serie Universidad, Colección: Espejo. Pág. 15

[15] G. Canguilhem relata que la psicología del sentido externo nace con él al afirmar que hay una constancia de relación entre la excitación y la reacción (Revista Colombiana de Psicología No 7. ¿Qué es la Psicología? Bogota: Universidad nacional de Colombia. Pág. 10)

[16] Este es el famoso hecho del primer laboratorio experimental de una psicología del sentido externo instaurado por W. Wundt en Liepzig.

[17] La foto de la carta, con la anotación se puede encontrar en la versión electrónica de las obras completas de Freud de la editorial Nueva Helade.

[18] En una nota al Proyecto… Strachey dice “El término «neurona» fue acuñado en 1891 por W. Waldeyer para designar la unidad fundamental del sistema nervioso. Las investigaciones histológicas de Freud lo habían conducido hacia el mismo descubrimiento.” en Publicaciones Prepsicoanáliticas y Manuscritos inéditos en vida de Freud, Proyecto de Psicología. Sigmund Freud Obras Completas. Amorrortu editores. Versión electrónica.

[19] Se pueden observar las imágenes diseñadas por Freud y presentadas en el texto póstumo “Proyecto de Psicología para Neurólogos, en Sigmund Freud Obras Completas. Amorrortu editores. Versión electrónica.

[20] M. Fernández (2001). Del inconsciente freudiano al significante lacaniano. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia. Departamento de Psicoanálisis de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia. Pág. 6

[21] Ibíd., Pág. 5

[22] Ibíd., Pág. 6

[23] A. García (2005). Teoría Psicoanalítica. Madrid: Colección Quipú, Editorial Biblioteca Nueva. Pág. 39

[24] S. Freud (1890). Tratamiento Psíquico, Tratamiento del Alma. Sigmund Freud Obras Completas. Amorrortu editores. Versión electrónica.


[25] Esto parafrasea un aparte que aparece en Sobre la versión castellana en el apartado La representación y la síntesis del objeto de Sigmund Freud Obras Completas Amorrortu editores. Versión electrónica.

[26] Ibíd.

[27] Aunque Strachey nos aclara lo siguiente “Debe señalarse que hay entre la terminología que utiliza aquí y la de «Lo inconciente» una importante diferencia, que puede dar origen a confusiones. Lo que aquí llama «representación-objeto» {Obiektvorstellung} es lo que en «Lo inconciente» denominaría «representación-cosa» {Sachvorstellung}, mientras que lo que allí designaría «representación-objeto» denota una combinación de la «representación-cosa» y la «representación-palabra», a la cual no le da ningún nombre específico en este pasaje.” (J. Strachey. Apéndice C de Lo Inconsciente. Sigmund Freud Obras Completas Amorrortu editores. Versión electrónica.)
[28]
F. De Saussure (1945) Curso de Lingüística General. Buenos Aires: Editorial Losada S.A. Pág. 129
[29]
S. Freud. (1915) Lo Inconsciente. Sigmund Freud Obras Completas Amorrortu editores. Versión electrónica.
[30]
A. García (2005). Teoría Psicoanalítica. Madrid: Colección Quipú, Editorial Biblioteca Nueva. Pág. 403
[31]
S. Freud (1937) Análisis Terminable e Interminable. Sigmund Freud Obras Completas Amorrortu editores. Versión electrónica. (Lo que está en corchetes no pertenece al texto)


[32] Este texto fue presentado en la Segunda Jornada Académica en Conmemoración del día del Psicólogo y la Psicóloga en la Universidad Simón Bolívar organizado por el grupo Tempera Mental.
[33]
S. Freud; J. Breuer (1893-95) Estudios Sobre la Histeria. Sigmund Freud Obras Completas Amorrortu editores. Versión electrónica.
[34]
J. Baños (2007) Seminario “Orígenes de la Agresividad en Psicoanálisis” (Inédito). Organizado por el Circulo Psicoanalítico del Litoral Caribe.


[35] Y. Páez (2007). Comunicación Personal. Universidad Simón Bolívar.







Relación de Textos y Palabras

— Baños, J. (2007) Seminario “Orígenes de la Agresividad en Psicoanálisis” (Inédito). Organizado por el Circulo Psicoanalítico del Litoral Caribe.

—Bettelheim, B. (1988) Psicoanálisis de los Cuentos de Hadas. Barcelona: Editorial Critica 9ª edición

— Canguilhem, G (1998) Revista Colombiana de Psicología No 7. ¿Qué es la Psicología? Bogota: Universidad nacional de Colombia.

— Chamartín, L. (2006). Conversatorio “El discurso sadiano” (Inédito). Organizado en la Universidad Simón Bolívar por el grupo académico-cultural Tempera Mental.

— De Saussure, F. (1945) Curso de Lingüística General. Buenos Aires: Editorial Losada S.A.

— Fernández, M. (2001). Del inconsciente freudiano al significante lacaniano. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia. Departamento de Psicoanálisis de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas de la Universidad de Antioquia.

— Freud, S. (1978-85). Sigmund Freud Obras Completas. Buenos Aires: Amorrortu editores. Versión electrónica.

Ø Análisis Terminable e Interminable (1937) Volumen 23
Ø De la Historia de una Neurosis Infantil y Otras obras, ¿Debe enseñarse el psicoanálisis en la universidad?(1919) Volumen 17
Ø Estudios Sobre la Histeria(1893-95) Volumen 2
Ø Fragmentos de la correspondencia con Fliess, Manuscrito N (1886-99) Volumen 1
Ø Lo inconsciente (1915) Volumen 14
Ø Nuevas Conferencias de Introducción al Psicoanálisis y Otras Obras, Escritos breves, Prólogo a Marie Bonaparte, Edgar Allan Poe, étude psychanalytique (1933) Volumen 22
Ø Publicaciones Prepsicoanáliticas y Manuscritos inéditos en vida de Freud, Proyecto de Psicología (1950-1895) Volumen 1
Ø Sobre la versión castellana, La representación y la síntesis del objeto.
Ø Tratamiento Psíquico, Tratamiento del Alma (1890) Volumen 1

— Freud, S. (1995) Freud Total 1.0. Buenos Aires: Ediciones Nueva Hélade

— García, A (2005). Teoría Psicoanalítica. Madrid: Colección Quipú, Editorial Biblioteca Nueva.

— Lacan, J. (1976) Escritos II. El seminario sobre “La Carta Robada”. México: Siglo Veintiuno Editores S.A.

— Páez, Y. (2007). Comunicación Personal. Universidad Simón Bolívar

— Poe, E. A. (1999). El gato negro y otros cuentos. Bogotá: Editorial Norma S.A. 7ª reimpresión.

— Zuleta, E. (1985) El Pensamiento Psicoanalítico. Medellín: Editorial Percepción. Serie Universidad, Colección: Espejo.




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jueves, 1 de enero de 2009

La singularidad radical: cinismo y psicoanálisis



La singularidad radical: cinismo y psicoanálisis
por
Jairo Gallo Acosta, psicoanalista; Bogotá, Colombia.









"Vivir no es malo, vivir mal sí lo es" Diógenes

“El cinismo es lo más elevado que puede alcanzarse en la tierra; para conquistarlo hacen falta los puños más audaces y los dedos más delicados" Nietzsche

“El deseo es la esencia del hombre” Jacques Lacan


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La frase del deseo como la esencia del hombre Lacan la recoge de Spinoza, y no se cansa de repetirla lo largo de sus seminarios, por la sencilla razón que el deseo es con lo que se encuentran los psicoanalistas en su práctica.
“El deseo es, en el inconsciente, reprimido, indestructible, enigma que precisamente todo el desarrollo de su obra está destinado a responder” (Lacan, 1994)

La anterior definición que Lacan toma de lo dicho por Freud nos hace relacionar al deseo con el psiquismo humano, siendo el deseo lo más particular del psiquismo humano, del sujeto, y es aquello que le permite situarse frente a una realidad, un mundo, Otro.

“El deseo es a la vez subjetividad, es lo que está en el corazón mismo de nuestra subjetividad, lo que es más esencialmente sujeto, y al mismo tiempo lo más opuesto, que se opone allí como una resistencia, como una paradoja, como un núcleo rechazado. Es a partir de acá, he insistido allí muchas veces, que toda la experiencia ética está desarrollada en una perspectiva al término de la cual tenemos la fórmula enigmática de Spinoza, que el deseo es la esencia misma del hombre” (Lacan, el deseo y su interpretación)

La subjetividad al ser singularidad convierte al deseo es estructurante de esa subjetividad, y el psicoanálisis de lo que se encarga es de eso subjetivo, de dar cuenta de ese deseo en un sujeto, de esa singularidad.

La subjetividad y la singularidad no tuvieron que esperar al psicoanálisis para ser tenida en cuenta, son varias las escuelas filosóficas o filósofos que a lo largo de la historia trataron de constituir un saber y una práctica que sostuviera esa singularidad hasta las últimas consecuencias, es decir, sostener una ética. Entre esas se puede contar a la escuela cínica, la de Antítenes y Diógenes, la de los “filósofos llamados perros” – que no hay que confundir con el cinismo actual – Los cínicos más que perros guardianes son sabuesos, perros excluidos (Cinosargo), el lugar de los suburbios, allí nació la escuela cínica, en la periferia, en aquello rechazado por la “oficialidad” o normatividad-¿no es acaso este el mismo lugar del nacimiento del psicoanálisis y su lugar en la actualidad? –

“Desde el punto de vista de un urbanismo simbólico, el cínico decidió escoger un lugar lindero con los cementerios, los extremos, los márgenes (…)En el Cinosargo se encontraban los excluidos de la ciudadanía, aquellos a quienes el azar del nacimiento no había hecho dignos de tener acceso a los cargos cívicos. De modo que la escuela cínica vio la luz en los suburbios, lejos de los barrios ricos, en un espacio destinado a los excluidos, a aquellos a los que el orgullo griego había dejado de lado.” (Onfray, 2002)

El antiguo orgullo griego se podría reemplazar por el culto actual al éxito, a la belleza, a la juventud, el psicoanálisis desde su práctica se ubica lejos de esos ideales actuales, del “winners” o lo “fast”, de la productividad capitalista, desde ese lugar el psicoanálisis no es una disciplina útil (de ahí su constante crítica desde la estandarización eficaz, eficiente y efectiva).


El psicoanálisis no es que se oponga a los bienes materiales, no es el culto a lo espiritual – como ciertas “filosofías orientales” o “New age” lo proponen, que no son más que la conversión de lo material a lo espiritual, convirtiendo lo espiritual o en otro bien más-lo que propone el psicoanálisis es una ética de la existencia que sostenga eso particular de cada sujeto: su deseo; un deseo inconsciente que tiene que arreglárselas con el goce, las pulsiones, los fantasmas, los objetos, pero sobretodo con ese Otro.

El cínico al igual que el psicoanalista se encarga del malestar, de aquello que no puede “andar” en la cultura, pero no para eliminarlo, sino para que cada sujeto se pueda hacer cargo de ello.
“Diógenes se erige pues en médico de la civilización cuando el malestar desborda las copas y satura la actualidad (…)Figura de la resistencia, el nuevo cínico impediría que las cristalizaciones sociales y las virtudes colectivas, transformadas en ideologías y en conformismo, se impusieran a las singularidades. No hay otro remedio contra las tiranías que no sea cultivar la energía de las potencialidades singulares, de las mónadas. ” (Onfray, 2002)

Llevar la singularidad hasta las últimas consecuencia no es otra cosa que la ética del deseo que propone el psicoanálisis, donde cada quién encuentre su verdad, aquella verdad de lo inconsciente, esa es la ética del psicoanálisis.

“La ética es entonces un juego: además de ser un arte, apela a esa parte de nosotros que corresponde al gusto por lo agónico, el vértigo y el mimetismo. A rato artista, a rato médico, atleta o bailarín, el filósofo mantiene más relaciones con la estética que con la ciencia, más relación con lo bello que con lo verdadero. Diógenes es lo contrario de un positivista: Kierkegaard diría que era un filósofo ético, Nietzsche lo llamaría un filósofo-artista” (Onfray, 2002)

Para los cínicos las representaciones es lo más particular de un sujeto, ya que este lo puede usar a su antojo, desde el psicoanálisis se diría las imagos freudianas, los pensamientos bionianos o los significantes lacanianos (con sus diferencias).

¿Has actuado en conformidad con tu deseo? nos increpa Lacan, más allá de las arandelas narcisísticas o imaginarias, más allá de los formalismo simbólicos que a cada rato nos protegen (la moral del poder, del servicio de los bienes) y nos hacen andar por el mundo y sobrevivir, pero que también nos hace alejar en muchas ocasiones del deseo.

Para Lacan el problema del deseo, es que no es algo con lo que el sujeto llegue investido, poseído, a la vida.Tiene que situarlo, encontrarlo a su costo y a su más grande pena, al punto de no poderlo hallar sino en el límite, en su acción, que no puede ser realizable, sino a condición de ser mortal.

El deseo engendra al sujeto, desde el objeto a, objeto causa del deseo, y allí el sujeto por medio de ese acto causante surge, es así que el sujeto a lo largo de su vida tiene que sostener ese deseo por medio de un acto, una ética del deseo.

Hay que aclarar que un acto para el psicoanálisis no es ni una descarga motriz ni cualquier movimiento. El acto representa la acción del sujeto, que a diferencia de la simple descarga motora, reafirma al sujeto de modo diferente en relación al Otro. El acto es un significante que se repite y es en esto que es fundador del sujeto. Aunque esta, es repetición de un acto imposible (la de una escena primordial), es de lo Real.Imposibilidad que se muestra por el intento del significante trata de significarse así mismo por intermedio del acto, intento que apunta a que el sujeto sea equivalente a su significante, aunque no por eso queda menos dividido.

Para Zizek un acto implica la afirmación de lo Real, supone atravesar la realidad fantasmática tal como la observamos cotidianamente: “un acto en tanto opuesto a la mera actividad; en síntesis: el actoauténtico involucra perturbar, atravesar el fantasma (Zizek, 2001)

El "acto" desde el psicoanálisis se define por el encuentro con lo Real traumático, el "acontecimiento". Aquí la dimensión del acto se acerca la dimensión de ética lacaniana en donde no hay que ceder ante el deseo que nos remite a aquello más radical del sujeto.

Esta ética del deseo no puede confundirse con una variante perversa del psicoanálisis, ni con un “camino a seguir”, el deseo de lo singular de un sujeto, y cada sujeto tendrá que hacer ese recorrido para sostenerse como tal.

El psicoanálisis implica que el sujeto pueda acercarse o percibir algo de su singularidad, eso es lo más radical que puede hacer un sujeto, su “acto”, los cínicos lo intentaron en la antigua Grecia, el psicoanálisis desde Freud también, de ahí la posible explicación a su rechazo desde varios puntos (desde la psicología pasando por la religión hasta llegar a la filosofía), casi en ningún lado es cómodo el psicoanálisis, así como el sujeto tampoco lo es, es por eso que siempre hay que cuestionar los “lugares cómodos” que se ofrecen en nombre de diferentes “ideales”, incluso desde el mismo psicoanálisis, esa “comodidad” le costó caro a psicoanálisis en Norteamérica -hasta el punto de cas desaparecer en los últimas décadas – aquí habría que investir la supuesta frase freudiana de llevar la peste a Estados Unidos, ya que allí el psicoanálisis fue “apestado” por una ética no del deseo, sino una ética utilitaria – que aunque no fue generalizada – si fue lo suficientemente importante para influenciar a un psicoanálisisadaptacionista contrario a la ética y el deseo inconsciente, el cual no se adapta sino recrea, vía pulsión de vida –ligazones – amor. Aunque hay que decir sostener esto último es más complicado de lo que se cree, no por nada Freud consideraba la labor analítica como una labor de lo imposible.

Para terminar hay muchas versiones de la muerte de Diógenes, desde la muerte por contener su propia respiración hasta que se atragantó con un pulpo, lo que tiene en común todas esa versiones es que el “cínico perro” murió viviendo, es decir, hizo de su propia muerte un acto de vida, un acto de deseo, de ahí su singularidad como sujeto, Diógenes y la escuela cínica nos dejó una pregunta que el psicoanálisis tiene que retomar ¿es posible vivir
de acuerdo a sus principios? que desde el psicoanálisis se podría traducir, ¿es posible vivir de acuerdo al deseo?, pregunta que podría sostener un proyecto psicoanalítico hacia el futuro, tanto para el psicoanálisis como para aquellos sujetos que necesitan ser reconocidos como tal.

Notas
Lacan, J (1994) Seminario, libro 4. La relación de objeto. Buenos aires, Paidós.
_______El deseo y su interpretación.
Onfray, M (2002) Cinismos. Retrato de los filósofos llamados perros. Buenos Aires. Paidós
Zizek, S (2002) El espinoso sujeto. Buenos Aires, Paidos.


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